viernes, 26 de febrero de 2010

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Fue entonces cuando entré en el laberinto. Las muros y las fachadas crecieron descomunalmente hasta el punto de no ver el cielo. Las calles se llenaron de esquinas y sus bocacalles de rincones y recovecos. Los coches desaparecieron, las farolas empezaron a parpadear y los semáforos se pusieron todos en verde. Me encontraba en el clímax de las sensaciones extrañas. Fue como si me hubieran preparado un juego que tenia que pasar con nota. El mayor reto de mi vida. Pero estaba muy bien, estaba de puta madre, con perdón.

No lo pensé demasiado y comencé a andar. Anduve durante horas, mirando a mi alrededor, pensando, divagando. Pero algo cambió de imprevisto: había llegado a una enorme plaza de forma octogonal, como una enorme ciudadela, y estaba llena de gente, animales, plantas, árboles. Era mi propio oasis en un desierto de paredes y adoquines. -¿Era esto el jodido paraíso? Coño, ¿Estaba muerto?- No, no lo estaba, estaba vivo, pero vivo de verdad. Si algo estaba buscando, se encontraba ahí. Había vuelto a salir de un vientre. Un vientre retorcido, complicado y demasiado cómodo. Había renacido y aún me quedaban muchísimas cosas por descubrir.


Paper Boy memories

martes, 23 de febrero de 2010

1:40 AM

No hay hora mejor que la una cuarenta. Es el momento de la incipiente madrugada que marca el rumbo de la noche. En mi caso como en el de mucho otros, no era mas que una hora cualquiera. ¿Por qué no las tres y media, o las cuatro menos cuarto?

La una cuarenta parece no tener ninguna relevancia, pero lo cierto es que puede cambiar tu noche. No hace falta ser una sibila para darte cuenta de que siempre, todas las noches, ocurren cosas en ese preciso momento.

Si te sueles acostar a la una y media, como un servidor, es la hora en la que haces tus ultimas reflexiones del día, en la que te quedas pensando acerca de alguna chorrada que te ha dejado mella o siemplemente piensas que mierda de día te espera al despertarte. Incluso hay veces que pasada la una cuartenta ya es dificil dormirse. Has pasado una especie de umbral de una sola dirección hacía una noche de desvelos.

Te levantas a mear. Bebes agua. Te fumas un cigarro. Vuelves y todo sigue igual. El techo sigue estando ahí, aunque sería mas divertido que no estuviera. La cama sigue siendo igual de grande o pequeña, aunque te gustaría que fuera diferente. La mesita de noche esta a la misma distancia y sigues sin poder coger lo que dejas en el extremo opuesto a la cama.

Si en cambio, sales a dar una vuelta por la noche, la una cuarenta puede ser la hora de volver de una cena con amigos, de una despedida, de una cena romantica que no ha acabado como esperabas. Esto te llevaría al parrafo anterior. Sin embargo puede ser la hora que cruces la puerta de la calle, tu propio umbral a una noche de desvelos. La hora del encuentro. Puede ser la hora en la que no vas todavia borracho pero sabes que no te queda mucho para que la vista se te empiece a distorsionar. Es la hora en la que no sabes hacia que derroteros te llevará la noche. Es la hora incierta. Llena de espectativas…o no. Pero sobre todo es la hora de la que te acordarás a la mañana siguiente cuando pienses como empezó la noche.

Paper Boy memories.

domingo, 21 de febrero de 2010

Eran las nueve y cuarto de la mañana (aproximadamente, nunca llevo reloj). Como siempre se me había hecho demasiado tarde. A las 10 había quedado en ir a comprar nosequé mierdas a nosequé sitio. Volvía a casa andando, medio borracho, sin dinero, sin porros y con un cigarro para aguantar todo el día. La noche se me había hecho eterna, parecía que habían pasado siglos desde que había cenado. Por cierto tenía un hambre de la hostia.

Llegué a mi casa un poco más tarde, hacía buen día, aunque iba un poco fresco para las temperaturas que marcaban los termómetros esos de las calles y que también son relojes. Subí las escaleras –el ascensor no iba nunca- me cambié de ropa y me puse un poco de colonia de vieja para tapar el olor que desprendía todo mi ser en sí. Yo no es que sea un guarro, pero no había agua caliente por que no podía pagarla. Solía ducharme en casa de gente que conocía, pero uno es educado y no era plan de estar abusando.

El sol no podía brillar más y pensé que eso no podía significar nada malo, al fin y al cabo hubiera sido mucho peor que encima lloviera. Cuando fui a coger el metro creí que me daba un ataque de ansiedad y que me quedaba en el sitio. La canción que estaba tocando el Tarra me devolvió a años atrás, a los veranos en la playa, a cuando me creía alguien y era feliz. Me miré en el reflejo de un anuncio de musicales cutres que echan en los teatros para contentar a los paletos que vienen de los pueblos y me quedé como diez minutos ahí parado. Contemplándome, comparándome, odiándome. Estaba más feo que nunca, daba un asco del quince, y sin embargo ahí estaba aguantándome la mirada a mi mismo. Fueron diez minutos horribles. Asquerosos.


Paper Boy memories.