Fue entonces cuando entré en el laberinto. Las muros y las fachadas crecieron descomunalmente hasta el punto de no ver el cielo. Las calles se llenaron de esquinas y sus bocacalles de rincones y recovecos. Los coches desaparecieron, las farolas empezaron a parpadear y los semáforos se pusieron todos en verde. Me encontraba en el clímax de las sensaciones extrañas. Fue como si me hubieran preparado un juego que tenia que pasar con nota. El mayor reto de mi vida. Pero estaba muy bien, estaba de puta madre, con perdón.
No lo pensé demasiado y comencé a andar. Anduve durante horas, mirando a mi alrededor, pensando, divagando. Pero algo cambió de imprevisto: había llegado a una enorme plaza de forma octogonal, como una enorme ciudadela, y estaba llena de gente, animales, plantas, árboles. Era mi propio oasis en un desierto de paredes y adoquines. -¿Era esto el jodido paraíso? Coño, ¿Estaba muerto?- No, no lo estaba, estaba vivo, pero vivo de verdad. Si algo estaba buscando, se encontraba ahí. Había vuelto a salir de un vientre. Un vientre retorcido, complicado y demasiado cómodo. Había renacido y aún me quedaban muchísimas cosas por descubrir.
Paper Boy memories
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