Eran las nueve y cuarto de la mañana (aproximadamente, nunca llevo reloj). Como siempre se me había hecho demasiado tarde. A las 10 había quedado en ir a comprar nosequé mierdas a nosequé sitio. Volvía a casa andando, medio borracho, sin dinero, sin porros y con un cigarro para aguantar todo el día. La noche se me había hecho eterna, parecía que habían pasado siglos desde que había cenado. Por cierto tenía un hambre de la hostia.
Llegué a mi casa un poco más tarde, hacía buen día, aunque iba un poco fresco para las temperaturas que marcaban los termómetros esos de las calles y que también son relojes. Subí las escaleras –el ascensor no iba nunca- me cambié de ropa y me puse un poco de colonia de vieja para tapar el olor que desprendía todo mi ser en sí. Yo no es que sea un guarro, pero no había agua caliente por que no podía pagarla. Solía ducharme en casa de gente que conocía, pero uno es educado y no era plan de estar abusando.
El sol no podía brillar más y pensé que eso no podía significar nada malo, al fin y al cabo hubiera sido mucho peor que encima lloviera. Cuando fui a coger el metro creí que me daba un ataque de ansiedad y que me quedaba en el sitio. La canción que estaba tocando el Tarra me devolvió a años atrás, a los veranos en la playa, a cuando me creía alguien y era feliz. Me miré en el reflejo de un anuncio de musicales cutres que echan en los teatros para contentar a los paletos que vienen de los pueblos y me quedé como diez minutos ahí parado. Contemplándome, comparándome, odiándome. Estaba más feo que nunca, daba un asco del quince, y sin embargo ahí estaba aguantándome la mirada a mi mismo. Fueron diez minutos horribles. Asquerosos.
Paper Boy memories.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario